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jueves, 4 de septiembre de 2014

La maldición de Tamerlán

La verdad es que hablar de Tamerlán por estas tierras asiáticas es hablar por lo menos de alguien cercano a dios, de alguien realmente grande. Casi todo el mundo prefiere referirse a él como Amir Timur, para obviar cualquier sesgo negativo al nombrar a este noble musulmán mongol de origen turco, que llegó a conquistar ocho millones de kilómetros cuadrados en Eurasia (algo así como 16 Españas juntas). Tamerlán, el héroe legendario, el gran guerrero, el invencible, también tiene en su haber el dudoso honor de ser uno de los más crueles conquistadores de todos los tiempos. Su padre, líder de una pequeña tribu mongola establecida en Kesh, actualmente Shakhrisyabz (Uzbekistán), le puso de nombre Timur y ya desde joven mostró grandes dotes de mando y una obsesiva tendencia a los enfrentamientos. En una de sus tempranas batallas fue herido de gravedad, lo que le hizo arrastrar durante toda su vida una apreciable cojera, por lo que comenzó a ser conocido como Timur Lang (Timur el Cojo o Timur el Lisiado).

Se cuenta que salió del vientre de su madre con las palmas de sus manos ensangrentadas. Y ahí se quiere ver la señal de lo que estaba por venir. Sembró la tierra con cadáveres de hombres enterrados vivos, de guerreros emparedados, de campos sembrados de ciudadanos decapitados, de ahorcados. Tamerlán era despiadado con los que no se rendían a su paso. Arrasó Bagdad, Damasco, Delhi, Herat, Shiraz… las redujo a ruinas. Es un guerrero feroz que conquista casi todo el mundo musulmán. En 1370 entra en Samarkhanda y la elige como ciudad principal de su sultanato. Habilidoso, sagaz y muy generoso, se convierte en un gran líder al que sus soldados adoran. Sus jinetes saquean y destrozan ciudades, torturan a sus habitantes y apilan sus calaveras en pirámides. Únicamente suelen salir bien parados los artistas, a los que Tamerlán perdona la vida. Los lleva a Samarkhanda para que la conviertan la ciudad más atractiva y más envidiada de Asia.

Desde Samarkhanda extendió sus dominios por medio mundo. Se anexiona Siria, Irak, Irán, Pakistán, Afganistán, Turkmenistán, Uzbekistán, parte de la India, Turquía, Rusia… Su fama de gran estratega crece por todo del mundo aunque siempre parcialmente eclipsada por su salvajismo, por los genocidios indiscriminados que ordena, las masacres que lleva a cabo y la destrucción de poblaciones enteras. Inicia la conquista de la India. Entra en Delhi. Dicen que 10.000 hindúes fueron degollados y que sus mujeres, los niños y sus bienes se convirtieron en el botín de los vencedores. Otras fuentes hablan de 100.000 víctimas. Cifras escalofriantes. Se calcula que en manos de sus tropas murieron alrededor de 17 millones de personas.

Otrar, la ciudad donde murió Tamerlán, está siendo excavada


El terrible Timur, el guerrero devastador, sanguinario e invencible falleció de un catarro en Otrar (sur de Kazajstán). Tenía 69 años y no había cejado en su empeño de seguir conquistando el mundo. Otrar era un gran centro político, económico y cultural de la región de Turkestán y una rama importante de las Rutas de la Seda. Fue la única ciudad en el territorio de Kazajstán que acuñó monedas de oro. Otrar finalmente fue abandonada a principios del XVIII y ya en ruinas terminó derritiéndose bajo las lluvias. Tamerlán se dirigía a la conquista de China cuando murió. Se ignoró su voluntad de ser enterrado en Shakhrisabz (la ciudad de la que fue gobernador con apenas 25 años y donde empezó a tejer su imperio) y acabó con sus huesos en Samarkhanda. Poco antes de morir, había mandado construir el mausoleo Guri Emir, destinado a recoger el cuerpo de su nieto preferido, fallecido algunos años antes. Al final, los restos del conquistador y de algunos de sus hijos y nietos están allí. Dicen que desde el mismo momento del entierro se produjeron extrañas  apariciones y se oían horribles gemidos. Junto a su tumba una inscripción: ”Aquel que ose molestar mi sueño, se enfrentará a un enemigo todavía más poderoso que yo”. Con el tiempo Samarkhanda fue tomada por diferentes pueblos conquistadores que pensaron en profanar la tumba del guerrero mongol esperando encontrar un gran tesoro oculto, pero aquella maldición les aterrorizó y no fueron capaces de violar el sepulcro.

En 1784, la ciudad era sitiada por las tropas de Bukhara. El emir de los invasores había decidido abrir el sepulcro pero al tener noticia de la maldición mandó cerrar la cripta mortuoria. En 1868, las tropas del zar Alejandro II toman la ciudad y reciben órdenes de respetar el mausoleo. Con la llegada de los soviéticos, un grupo de científicos encabezados por el profesor Gerasimov, se empeñan en abrir la tumba para desenterrar el cadáver y estudiarlo. En principio las autoridades no estaban muy dispuestas, pero el influyente Gerasimov consiguió el permiso y finalmente un grupo de científicos, después de ignorar la inscripción que maldecía a quién turbara el descanso eterno del caudillo mongol, abrieron la tumba y se llevaron los restos. Anochecía ya aquel  21 de junio de 1941. Unas horas más tarde, el más poderoso ejército de todo el planeta, el alemán, arrasaba la URSS. La maldición del guerrero de las estepas se había cumplido. Millones de soviéticos mueren.

Algunos generales del ejército ruso piden que el cuerpo de Tamerlan vuelva a ser enterrado en su mausoleo. Aunque Stalin no creía en las maldiciones, al final la cúpula del poder soviético accede a que los restos mortuorios sean depositados de nuevo en el mausoleo. Eran los últimos días de 1942. Pocos días más tarde la guerra da un giro  radical en favor de los soviéticos y los alemanes se rinden al ejército rojo. Se puede asegurar que en aquel mismo momento, los soviéticos habían ganado la guerra. La ira de Timur el cojo se había aplacado.

La mítica Samarkhanda, más bella que la vida


Todos llevamos Samarkhanda en las venas. La gran mayoría tenemos grabado con fuerza en algún rincón de la memoria el nombre de Samarkhanda y lo asociamos a algo mítico. Pero poco más sabemos. Algunos, quizás, tratando de encontrar  razones, pensarán en grandes hombres como Alejandro Magno, Marco Polo, incluso Tamerlán, cuyos nombres pudieran haberse grabado en lo más profundo de cada uno asociados a la ciudad de leyenda. Otros, tal vez, rebuscarán por los rincones del desván de la memoria las aventuras de Tintín, las de Corto Maltés en La casa dorada de Samarkhanda o alguna de las magníficas historias de Julio Verne, para desempolvarlas y tratar de encontrar en ellas la clave de esa fijación histórica. Pero casi todos guardamos en el alma el nombre de Samarkhanda sin concierto, sin saber las causas, sin conocer nada sobre ella y sin ni tan siquiera ser capaces de situarla con tino en un mapa de la zona. En cualquier caso, aunque imprecisa, la razón debe ser intensa para haber dejado una huella tan importante allá en el fondo del baúl en el que se almacenan los recuerdos.

Samarkhanda presume de ser una de las ciudades más antiguas de la Tierra y posiblemente lo sea. Cuando en el siglo IV antes de Cristo las huestes de Alejandro Magno arrasaron la antigua ciudad de Samarkhanda, Afrosiab, encontraron una población consolidada, con edificios importantes y las calles empedradas. Y se sabe que cuando Marco Polo pasó por aquí en el siglo XIII la primitiva ciudad ya había cumplido 2000 años. De lo que no cabe duda alguna es de que esta mítica Samarkhanda, la antigua Maracanda, ha sido lugar de referencia importante en la Ruta de la Seda. Uno de los piropos históricos que ha recibido la ciudad ha salido de la boca del mismo Alejandro Magno y ha traspasado sin problemas hasta hoy la barrera de los tiempos. Dicen que dijo al verla: "Para mí, es más bella que la vida". Un detalle exquisito por parte del conquistador macedonio, y eso que no pudo entonces paladear (porque todavía no había nacido) la plaza del Registán. Pero realmente quien catapultó Samarkhanda a los cielos, el que le dio un enorme empujón a la notoriedad histórica de la ciudad fue el temible Tamerlán, quién quiso convertirla en el centro del mundo al nombrarla capital de aquel inmenso imperio suyo que se extendió desde Rusia hasta China. Pero fue al tomar el poder el hijo de Tamerlán, Shah Ruskh, amante de la paz y de las artes, y posteriormente su nieto Ulugh Beg, cuando adquirió su máximo esplendor.


A medida que uno se aproxima por uno de sus costados a la mítica plaza de Registán se va haciendo más evidente la majestuosidad de esa plaza de leyenda, de esa foto tan universalmente reproducida, aunque al final, lo mismo que le ocurrió a Alejandro Magno, la realidad supera todas las expectativas. Una vez situados en el punto crítico, la belleza del conjunto con las tres madrasas enfrente (la madraza de Ulugh Beg, la madraza de Sher-Dor y la madraza de Tilya-Kari) causa un placer especial, una gran satisfacción visual y anímica. Quizás se echa en falta el silencio, la posibilidad de admirar tanta belleza en soledad para disfrutar como se merece todo lo que esta plaza legendaria atesora. A pesar de ello se percibe con claridad cómo se cuela en el alma. Si uno está suficientemente atento, se escucha cómo la monumentalidad del Registán se va haciendo un sitio de inmediato y para siempre en la memoria. Y uno piensa que el viaje, se venga desde el rincón del planeta que se venga, queda sobradamente justificado a partir de este instante. La sensación es que la plaza es la que de verdad hace justicia en la actualidad a esa Samarkhanda de leyenda.



Aunque haya sido producto de diferentes transformaciones resulta curioso pensar que esta plaza heredada de los siglos es la misma que pudo admirar Ruy González de Clavijo, el embajador del rey Enrique III de Castilla cuando llegó hasta aquí con la misión de establecer una embajada ante la corte de Tamerlán, con la intención de crear una alianza para guerrear contra los turcos. El relato de los viajes de González de Clavijo hasta Samarcanda entre los años 1403 y 1406, con el título Embajada a Tamorlán es una de las joyas de la literatura medieval castellana.


El nieto de Tamerlán, Ulugh Beg fue, antes que conquistador o estadista, un hombre sabio, un erudito que hizo de Samarkhanda un importante núcleo cultural. Experto en artes y ciencias, en matemáticas, en historia, en medicina o en poesía, su auténtica pasión era la astronomía y todavía se puede visitar en un cerro de la ciudad parte del fantástico observatorio que construyó en su día, otro punto de indiscutible interés. Era un edificio de tres plantas y 30 metros de altura. El principal instrumento del observatorio era un gigantesco sextante, orientado con una exactitud asombrosa por la línea del meridiano de sur a norte. Tras la muerte de Ulugh Beg, fue destruido y saqueado por fanáticos religiosos en 1449. Únicamente ha llegado hasta nuestros días una parte subterránea de la base del sextante.



En Samarkanda abundan las maravillas, muchas de ellas recubiertas con fantásticos azulejos y con cúpulas vidriadas de vivos colores. Uno de los lugares emocionantes, un rincón que embelesa por su aspecto es la imponente necrópolis Shakhi Zinda, un viejo cementerio timúrido lleno de tumbas nobles, una auténtica joya de la arquitectura de Asia Central. En esta cima un complejo funerario reúne varias mezquitas y mausoleos de conocidos protagonistas de la historia, entre los que destaca un primo del profeta Mahoma, así como varios familiares y favoritos de Tamerlán, todo ello presidido por las dos cúpulas azules gemelas del mausoleo Qazi Zadeh Rumi (s. XIV - XV), el más grande del complejo, construido en 1425. En conjunto, Shakhi Zinda es un lugar solemne, con un aire especial que trasmite una sensación de calma y que impresiona por su solemnidad. Al final del paseo, un cementerio civil se extiende por las colinas de alrededor ofreciendo una vista completa de la necrópolis.



Otro mausoleo importante no solamente por su belleza sino por su significado es Gur-Emir (La tumba del emir), con una espectacular cúpula recubierta de una brillante cerámica policromada. Se ha convertido en un habitual centro de peregrinación porque en su interior se encuentran las tumbas de Tamerlan y de su famoso nieto Ulugh Beg. Aunque Gur-Emir fue mandado construir por Tamerlán para ser su propia tumba, no tenía intención de terminar con sus huesos allí. La historia cuenta que en su ánimo estaba ser enterrado dentro de una pequeña tumba en su ciudad natal. Su construcción comenzó a principios del año 1403 por orden del propio Tamerlán y fue dedicado a la memoria de Muhammad Sultán, el nieto más querido de Amir Temur, abatido en una batalla. Dentro están enterrados, Amir Temur, dos de sus hijos, Shakh Rukh y Miran Shakh, sus nietos Muhammad Sultán y Ulugh Bek con dos de sus hijos, el padre espiritual de Amir Temur, el jeque musulmán Mir Seyid Bereke y un santo, Sha-jodzha. Otros miembros de la familia timúrida se encuentran enterrados alrededor. Algunos expertos consideran sus formas influencia directa del arte mogol, por lo que afirman que el Mausoleo es una especie de antecesor de la que sería la obra más importante de la arquitectura mogol, el Taj Mahal. Justo al lado de este mausoleo, se encuentra la calle dedicada a Ruy González de Clavijo.





La mezquita Bibi Khanum se ubica en un alto junto al mercado central de Siab y está rodeada de una leyenda curiosa. Dicen que fue ordenada construir por la esposa favorita de Tamerlán en honor a éste. Se levantó entre 1399 y 1404 aprovechando el viaje del conquistador hacia la India. Según parece el arquitecto que se encargaba de la construcción se enamoró locamente de la favorita de Tamerlán y le dijo que únicamente concluiría la construcción de la mezquita si le permitía besarla. Al final ella accedió aunque la pasión del arquitecto enamorado dejó una señal evidente en los labios de la mujer, que no pasó desapercibida a los ojos del guerrero a su regreso. Loco de ira buscó al arquitecto por todo el territorio para darle muerte pero, según cuenta la leyenda, éste ya había ya fallecido.

Detalle de la cúpula de la mezquita Bibi Khanu