jueves, 4 de septiembre de 2014

La mítica Samarkhanda, más bella que la vida


Todos llevamos Samarkhanda en las venas. La gran mayoría tenemos grabado con fuerza en algún rincón de la memoria el nombre de Samarkhanda y lo asociamos a algo mítico. Pero poco más sabemos. Algunos, quizás, tratando de encontrar  razones, pensarán en grandes hombres como Alejandro Magno, Marco Polo, incluso Tamerlán, cuyos nombres pudieran haberse grabado en lo más profundo de cada uno asociados a la ciudad de leyenda. Otros, tal vez, rebuscarán por los rincones del desván de la memoria las aventuras de Tintín, las de Corto Maltés en La casa dorada de Samarkhanda o alguna de las magníficas historias de Julio Verne, para desempolvarlas y tratar de encontrar en ellas la clave de esa fijación histórica. Pero casi todos guardamos en el alma el nombre de Samarkhanda sin concierto, sin saber las causas, sin conocer nada sobre ella y sin ni tan siquiera ser capaces de situarla con tino en un mapa de la zona. En cualquier caso, aunque imprecisa, la razón debe ser intensa para haber dejado una huella tan importante allá en el fondo del baúl en el que se almacenan los recuerdos.

Samarkhanda presume de ser una de las ciudades más antiguas de la Tierra y posiblemente lo sea. Cuando en el siglo IV antes de Cristo las huestes de Alejandro Magno arrasaron la antigua ciudad de Samarkhanda, Afrosiab, encontraron una población consolidada, con edificios importantes y las calles empedradas. Y se sabe que cuando Marco Polo pasó por aquí en el siglo XIII la primitiva ciudad ya había cumplido 2000 años. De lo que no cabe duda alguna es de que esta mítica Samarkhanda, la antigua Maracanda, ha sido lugar de referencia importante en la Ruta de la Seda. Uno de los piropos históricos que ha recibido la ciudad ha salido de la boca del mismo Alejandro Magno y ha traspasado sin problemas hasta hoy la barrera de los tiempos. Dicen que dijo al verla: "Para mí, es más bella que la vida". Un detalle exquisito por parte del conquistador macedonio, y eso que no pudo entonces paladear (porque todavía no había nacido) la plaza del Registán. Pero realmente quien catapultó Samarkhanda a los cielos, el que le dio un enorme empujón a la notoriedad histórica de la ciudad fue el temible Tamerlán, quién quiso convertirla en el centro del mundo al nombrarla capital de aquel inmenso imperio suyo que se extendió desde Rusia hasta China. Pero fue al tomar el poder el hijo de Tamerlán, Shah Ruskh, amante de la paz y de las artes, y posteriormente su nieto Ulugh Beg, cuando adquirió su máximo esplendor.


A medida que uno se aproxima por uno de sus costados a la mítica plaza de Registán se va haciendo más evidente la majestuosidad de esa plaza de leyenda, de esa foto tan universalmente reproducida, aunque al final, lo mismo que le ocurrió a Alejandro Magno, la realidad supera todas las expectativas. Una vez situados en el punto crítico, la belleza del conjunto con las tres madrasas enfrente (la madraza de Ulugh Beg, la madraza de Sher-Dor y la madraza de Tilya-Kari) causa un placer especial, una gran satisfacción visual y anímica. Quizás se echa en falta el silencio, la posibilidad de admirar tanta belleza en soledad para disfrutar como se merece todo lo que esta plaza legendaria atesora. A pesar de ello se percibe con claridad cómo se cuela en el alma. Si uno está suficientemente atento, se escucha cómo la monumentalidad del Registán se va haciendo un sitio de inmediato y para siempre en la memoria. Y uno piensa que el viaje, se venga desde el rincón del planeta que se venga, queda sobradamente justificado a partir de este instante. La sensación es que la plaza es la que de verdad hace justicia en la actualidad a esa Samarkhanda de leyenda.



Aunque haya sido producto de diferentes transformaciones resulta curioso pensar que esta plaza heredada de los siglos es la misma que pudo admirar Ruy González de Clavijo, el embajador del rey Enrique III de Castilla cuando llegó hasta aquí con la misión de establecer una embajada ante la corte de Tamerlán, con la intención de crear una alianza para guerrear contra los turcos. El relato de los viajes de González de Clavijo hasta Samarcanda entre los años 1403 y 1406, con el título Embajada a Tamorlán es una de las joyas de la literatura medieval castellana.


El nieto de Tamerlán, Ulugh Beg fue, antes que conquistador o estadista, un hombre sabio, un erudito que hizo de Samarkhanda un importante núcleo cultural. Experto en artes y ciencias, en matemáticas, en historia, en medicina o en poesía, su auténtica pasión era la astronomía y todavía se puede visitar en un cerro de la ciudad parte del fantástico observatorio que construyó en su día, otro punto de indiscutible interés. Era un edificio de tres plantas y 30 metros de altura. El principal instrumento del observatorio era un gigantesco sextante, orientado con una exactitud asombrosa por la línea del meridiano de sur a norte. Tras la muerte de Ulugh Beg, fue destruido y saqueado por fanáticos religiosos en 1449. Únicamente ha llegado hasta nuestros días una parte subterránea de la base del sextante.



En Samarkanda abundan las maravillas, muchas de ellas recubiertas con fantásticos azulejos y con cúpulas vidriadas de vivos colores. Uno de los lugares emocionantes, un rincón que embelesa por su aspecto es la imponente necrópolis Shakhi Zinda, un viejo cementerio timúrido lleno de tumbas nobles, una auténtica joya de la arquitectura de Asia Central. En esta cima un complejo funerario reúne varias mezquitas y mausoleos de conocidos protagonistas de la historia, entre los que destaca un primo del profeta Mahoma, así como varios familiares y favoritos de Tamerlán, todo ello presidido por las dos cúpulas azules gemelas del mausoleo Qazi Zadeh Rumi (s. XIV - XV), el más grande del complejo, construido en 1425. En conjunto, Shakhi Zinda es un lugar solemne, con un aire especial que trasmite una sensación de calma y que impresiona por su solemnidad. Al final del paseo, un cementerio civil se extiende por las colinas de alrededor ofreciendo una vista completa de la necrópolis.



Otro mausoleo importante no solamente por su belleza sino por su significado es Gur-Emir (La tumba del emir), con una espectacular cúpula recubierta de una brillante cerámica policromada. Se ha convertido en un habitual centro de peregrinación porque en su interior se encuentran las tumbas de Tamerlan y de su famoso nieto Ulugh Beg. Aunque Gur-Emir fue mandado construir por Tamerlán para ser su propia tumba, no tenía intención de terminar con sus huesos allí. La historia cuenta que en su ánimo estaba ser enterrado dentro de una pequeña tumba en su ciudad natal. Su construcción comenzó a principios del año 1403 por orden del propio Tamerlán y fue dedicado a la memoria de Muhammad Sultán, el nieto más querido de Amir Temur, abatido en una batalla. Dentro están enterrados, Amir Temur, dos de sus hijos, Shakh Rukh y Miran Shakh, sus nietos Muhammad Sultán y Ulugh Bek con dos de sus hijos, el padre espiritual de Amir Temur, el jeque musulmán Mir Seyid Bereke y un santo, Sha-jodzha. Otros miembros de la familia timúrida se encuentran enterrados alrededor. Algunos expertos consideran sus formas influencia directa del arte mogol, por lo que afirman que el Mausoleo es una especie de antecesor de la que sería la obra más importante de la arquitectura mogol, el Taj Mahal. Justo al lado de este mausoleo, se encuentra la calle dedicada a Ruy González de Clavijo.





La mezquita Bibi Khanum se ubica en un alto junto al mercado central de Siab y está rodeada de una leyenda curiosa. Dicen que fue ordenada construir por la esposa favorita de Tamerlán en honor a éste. Se levantó entre 1399 y 1404 aprovechando el viaje del conquistador hacia la India. Según parece el arquitecto que se encargaba de la construcción se enamoró locamente de la favorita de Tamerlán y le dijo que únicamente concluiría la construcción de la mezquita si le permitía besarla. Al final ella accedió aunque la pasión del arquitecto enamorado dejó una señal evidente en los labios de la mujer, que no pasó desapercibida a los ojos del guerrero a su regreso. Loco de ira buscó al arquitecto por todo el territorio para darle muerte pero, según cuenta la leyenda, éste ya había ya fallecido.

Detalle de la cúpula de la mezquita Bibi Khanu

viernes, 29 de agosto de 2014

Al abrigo de Bukhara


Al abrigo de Bukhara (o Bujara) no resulta difícil trasladarse hasta la piel de aquellos nómadas legendarios que transitaban de un lado a otro por la Ruta de la Seda. Las rutas entonces distaban mucho de ser seguras. Aquellos aventureros soñaban con encontrar en esta ciudad un espacio para la tranquilidad en medio de las dificultades, ansiaban un respiro, un tiempo de recogimiento, un lecho, anhelaban un cobijo que les protegiese de las inclemencias del tiempo y del pillaje. Sabían que los salteadores vigilaban agazapados el avance lento de aquellas codiciadas mercancías preciosas, a la espera del momento más oportuno para sacar tajada. Bukhara se convertía así en ese soñado hogar provisional para descansar a gusto entre minaretes, bazares y palacios. Se puede ver en la lejanía a aquellos osados con la moral destrozada por los rigores y la crudeza del viaje tras sortear los peligros más insospechados en el desierto implacable. Se puede disfrutar con ellos del alivio al atisbar en el horizonte la impresionante silueta de la ciudad más noble y santa de Asia Central. Y se puede apreciar cómo sacaban fuerzas de flaqueza de donde no las había hasta alcanzar ilusionados aquellas puertas recias de la sólida muralla de barro que resguardaba a los habitantes y les defendía de los intrusos.




Bujara o Bukhara es una ciudad santa que durante siglos ha sido el principal centro de cultura islámica en Asia Central y el segundo centro de peregrinación musulmana del mundo tras La Meca. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1993. Aunque es un conglomerado de etnias y culturas, la mayor parte de la población es tayika. Para llegar a la ciudad sagrada de Bukhara hay que atravesar el desierto de Kizil Kum (Arenas Rojas), un desolador paraje que aún hoy resulta totalmente inhóspito pero cuya superación sería prácticamente imposible en su día para aquellos aventureros de la Ruta de la Seda, de no ser por el respaldo que supone la proximidad del río Amu Daria y la esperanza de vislumbrar Bukhara en el horizonte.



Bujara ha estado siempre ligada al mundo persa. Fue conquistada por Alejandro Magno en el siglo IV a.C. Tras la invasión árabe en el siglo VIII y la islamización de esta zona de Asia Central, Bujara se convirtió en el centro cultural y religioso de toda la región. Se construyeron mezquitas y madrazas en las que se divulgaba la doctrina y se estudiaba el Corán. Uno de los más conocidos instructores fue el médico, filósofo y científico Ibn Siná (Avicena). Era una de las ciudades más importantes de Asia Central cuando en 1220, Gengis Khan la toma y arrasa por completo. En el siglo XV fue ocupada por tribus nómadas uzbekas, chabánidas. A partir de ahí se convirtió en una ciudad floreciente. Fue capital de una amplia región que abarcaba parte de Irán, Afganistán y Turkmenistán  y era uno de los tres khanatos de Uzbekistán antes de la ocupación soviética.

Hoy Bujara es una leyenda, un cúmulo de tradiciones, culturas y aromas milenarios. Por suerte, conserva todavía tesoros de la arquitectura del periodo premogol, como el mausoleo Ismail Samani o mausoleo de los Samánidas, un monumento construido en el año 902 para guardar los restos del emir de la dinastía de los samánidas que reinó en lo que antes era Transoxiana y Khoresm. Es una de esas construcciones que han llegado hasta nosotros en un excelente estado de conservación y aúna elementos islámicos y zoroástricos (religión predominante en la zona antes de la llegada del Islam), una obra verdaderamente excepcional que, según parece, marcó tendencias en la arquitectura de toda Asia Central. Según cuenta la leyenda, si formulas un deseo y das tres vueltas alrededor, se cumplirá. Que haya llegado hasta aquí en tan buen estado y que haya subsistido a los ataques de Gengis Khan y de todos los depredadores que han asaltado la ciudad resulta casi milagroso y se explica únicamente debido al abandono, al haber estado sepultado de arena hasta 1924 cuando un arqueólogo soviético lo descubrió. La montaña de tierra fue el escudo que preservó el monumento durante todos estos siglos.


Muy cerca y dentro del mismo parque Kirov se encuentra el mausoleo de Chashma Ayub, también conocido como Fuente de Job. La tradición dice que el profeta hizo manar aquí una fuente al tocar la tierra con su bastón. Es un edificio pequeño, modesto y desprovisto de toda ornamentación, tanto externa como interna. Tiene una cúpula exterior cónica típica del siglo XIII, de la escuela de Khoresm. Los uzbekos y los tayikos se acercan hasta la fuente de Job, de la que siguen bebiendo por sus legendarias propiedades curativas.




La cercana mezquita Bolo Hauz destaca por las dos filas de columnas en madera labrada que sostienen la portada abierta para el verano, un iwan estival cuidadosamente restaurado y, quizás, el más grande, más alto y más bello de toda Asia Central. La mezquita Bolo Hauz es famosa en Uzbekistán por sus techos tallados en madera y por sus altas y finas columnas, así como por los capiteles. Es el único monumento que sobrevive en la Plaza de Registan. El estanque (Hauz significa estanque) es la parte más antigua del conjunto y uno de los pocos que quedan en la ciudad antigua. La mezquita fue construida en 1712, a la que se añadió más tarde el iwan en la fachada oriental y en 1917 se levantó el minarete. 




En su momento, el corazón de Bujara fue su Fortaleza (Ark), un imponente recinto amurallado que habría que imaginárselo multiplicado por cinco ya que solo se conserva un 20% de su superficie. Oficialmente se considera que la ciudad fue fundada en el 500 a.C. en esta ciudadela, aunque la existencia del oasis de Bukhara como tal se sabe anterior a esa época. Durante más de mil años la ciudadela Ark era Bukhara en sí misma. Hasta 1920 fue la residencia oficial de los emires. La entrada es muy llamativa con grandes puertas de acceso y una rampa imponente con dos torreones circulares. 

Al recordar una ciudad siempre se habla de un punto central, de una clave, de un lugar especial que la identifica, la inmortaliza y la hace única. En Bukhara no hay duda de que es el complejo Poi Kalon el corazón que la mueve y la explica, el rincón emblemático de la ciudad. La confluencia de la mezquita Kalon, el minarete y la madrasa Mir-i-Arab crean un conjunto espectacular de gran belleza.


La Mezquita de los viernes, Kalon (Masjid-i-Kalan), es una de las más grandes de Asia Central. Data del año 795 y fue ampliada por Ismail Samani aunque su estructura actual es de mediados del siglo XVI, porque las tropas de Genghis Khan la destruyeron por completo. También al siglo XVI pertenece la madrasa Mir-i-Arab situada frente a la mezquita, uno de los centros de enseñanza islámica en activo con más renombre en la región que, desgraciadamente, no se puede visitar.

Uno de los monumentos de la ciudad que milagrosamente se salva tras el devastador ataque de Gengis Khan es el minarete Kalon, de 47 metros de altura. El conquistador mongol admira y considera digno de ser indultado este minarete del siglo XII, en el cual fueron utilizadas por primera vez las magníficas cerámicas de color azul y considerado como el faro del desierto en la Ruta de la Seda. Con el tiempo se convertiría en el símbolo de Bujara. Kalon hizo las veces de minarete, de puesto de vigilancia, de patíbulo (desde allí se arrojaba a los condenados) y de faro. El fuego que se encendía en lo alto servía de guía en medio de la noche para las caravanas que atravesaban el desierto.



Un poco más alejado del centro, callejeando, se encuentra esta curiosa construcción llamada Chor Minor (Cuatro Minaretes) que, en realidad, es uno de los pabellones de la entrada a una madrasa construida en 1807 que ya no se conserva y que responde a una de las más originales extravagancias arquitectónica de la época. Realmente ni es mezquita ni sus cuatro minaretes lo son ni nunca lo fueron, ya que ninguno de ellos tuvo la función de ser el lugar por el cual el muecín llamara a rezar a los fieles musulmanes las cinco veces al día correspondientes. Es, simplemente, parte de una construcción mayor inexistente que, por fortuna, ha llegado hasta nosotros. Dicen, además, que se ha pretendido que los cuatro minaretes representasen a las cuatro religiones monoteístas de Asia Central, el islam, el judaísmo, el cristianismo y el budismo. Aunque no sea cierto Chor Minor es una joya, pequeña, simétrica y realmente bonita.

El centro neurálgico de la ciudad es la plaza de Lyab-i-Hauz ("alrededor del estanque"), punto de encuentro en el que las familias tayikas disfrutan en sus ratos de ocio. Además del gran estanque, en la plaza destaca la vieja madrasa Kukeldash del siglo XVI, la más grande de Bujara, y también la estatua de Khodja Nasrudim, el derviche sabio que viajaba sobre un asno, un personaje mítico de la tradición popular sufí, una especie de antihéroe del islam cuyas historias sirven para ilustrar o introducir las enseñanzas sufíes (Khodja significa maestro). Nasrudín protagoniza aventuras con moraleja y hace reflexionar a quien las lee. Es un personaje singular considerado como un Don Quijote islámico porque acostumbra a ser cuerdo en su locura y aglutina todo el ingenio popular de oriente.

En las inmediaciones de la plaza se encuentra una pequeña mezquita, quizás poco espectacular pero que mantiene muy bien su estructura y su esencia originales. Es la mezquita Magoki Attori, construida en el siglo XII y reconstruida parcialmente 4 siglos después. Tanto la ubicación como el nombre (Magoki, significa "pozo" o "agujero") apuntan a que la mezquita se situó por debajo del nivel actual de las calles. Debajo de la mezquita actual se han encontrado restos de un templo de Zoroastro del siglo V.

Atardece ya. El sol comienza a eclipsarse tras una de las mezquitas de la capital. La ilumina y la envuelve en un halo mágico hasta conseguir que su silueta adquiera dimensiones sobrenaturales. Es la señal para que en Bukhara empiece la ceremonia de desplegar la noche. Al abrigo de la ciudad los aventureros, exhaustos, comienzan a hacer realidad su soñado reposo. Disfrutan de la tranquilidad del momento viendo cómo el día poco a poco va apagando sus rigores mientras la tarde viste el horizonte con los colores de un fuego amigo.

viernes, 22 de agosto de 2014

Tashkent, una primera aproximación


Uno llega a Tashkent husmeando historia por las esquinas, buscando caravanas por los rincones, afinando al máximo los sentidos para tratar de encontrar restos de algo mítico escondidos tras cualquier puerta de la ciudad. Pero, en una primera ojeada es difícil reconocer en la moderna Tashkent, capital hoy de la República de Uzbekistán (un país inexistente hasta bien entrado el siglo XX cuando comenzaron a delimitarse las fronteras de las llamadas repúblicas socialistas soviéticas), huellas que recuerden aquella encantadora "ciudad de piedra", aquella parada obligada en el transcurso itinerante entre Oriente y Occidente, aquel enclave estratégico añorado por Gengis Khan para ser incorporado al imperio mongol y aquella capital que en el siglo XIV fue parte del imperio de Tamerlán. Pero es la misma. Hoy, ya poco reconocible como la tentadora y legendaria ciudad de la Ruta de la Seda, Tashkent es una capital con cerca de cuatro millones de habitantes, anchas avenidas y grandes plazas. Todo ello enmarcado con un aire vanguardista, actual, incluso moderno, aunque la época vivida bajo la influencia soviética haya dejado en su urbanismo marcas inconfundibles y marcado su aspecto y el carácter de sus gentes con una impronta especial.

La destrucción de muchos de sus edificios históricos tras la revolución rusa y posteriormente a causa del devastador terremoto de 1966, ha hecho que desapareciese casi por completo la arquitectura tradicional de la ciudad, en la que habían llegado a tener cierto protagonismo las empresas artesanales derivadas de la fabricación de materiales de seda, hilanderías y artesanías artísticas. No obstante, la recuperación que se ha llevado a cabo de sus edificios históricos, ha permitido a Tashkent convertirse en un primer punto de interés dentro de la Ruta de la Seda.


Posiblemente lo más interesante de la ciudad sea el complejo de Hazrati Imám o Hasti Imám, que se ha ido creando en torno a la tumba de uno de los primeros imanes de Tashkent. El mausoleo (del siglo XVI) ha tenido y tiene gran importancia. Tanto es así que en algunas zonas de Asia Central a la ciudad de Tashkent se la conoce como Hasti Imám. Dentro del complejo, en la plaza, destaca la madrasa de Barak Kan, del siglo XVI, con sus dos llamativas cúpulas. Las puertas de las celdas de los estudiantes, hoy convertidas en pequeños talleres y tiendas de artículos de artesanía, dan al patio interior.

Enfrente se encuentra el museo de la antigua biblioteca Mui Muborak en la que se puede admirar el primer ejemplar de El Corán del siglo VII, un enorme y llamativo manuscrito hecho sobre hojas de piel de gacela. En salas anexas se exhiben reproducciones del libro sagrado traducidas a casi todos los idiomas, de diferentes épocas y en diversos formatos.


En la misma plaza se construyó en el siglo XIX la mezquita del viernes de Tillya Savi que se utiliza actualmente para el culto. El conjunto se completó en 2009 con la construcción detrás de la biblioteca de un nuevo edificio, la mezquita de Hazrati Imam, con dos enormes minaretes de estilo clásico siguiendo los cánones de la arquitectura típica del siglo XVI.


A escasos metros de la plaza se encuentra lo más antiguo de la ciudad, el pequeño mausoleo Kaffal Shashi, del siglo XVI, construido en honor de Abu Bakr Mohammad Kaffal Shashi, famoso científico y filósofo nacido en Tashkent y uno de los imanes más respetados del mundo musulmán. También en el siglo XVI, en el centro de la ciudad antigua y sobre una colina, se construyó la madrasa Kukeldash que, a finales del siglo XVIII se usó como  caravansaray. Tiene la estructura tradicional, con un patio interior grande hacia el que dan todas las celdas de los estudiantes, con la sala de estudios y la mezquita en las esquinas. La madraza Kukeldash es uno de los seminarios conciliares musulmanes mayores que se han conservado del s. XVI en Asia Central. Sobre el portal de entrada se han conservado los restos de la decoración original de azulejos, aunque fue necesaria una restauración importante a mediados del siglo XX.


Alguien dijo que para conocer la realidad de una ciudad hay que visitar la estación y el mercado. Es fácil estar de acuerdo. En Tashkent es obligatorio visitar el mercado Chorsu Bazaar, el más antiguo, al norte de la ciudad (Chor-Su significa Cuatro Caminos). Es ahí donde se puede palpar el pulso de la ciudad, apreciar el bullicio y observar el ir y venir de las personas. Esa confluencia de gentes no solo es un punto de encuentro en el que se materializan operaciones de intercambio sino que sirve para planificar estrategias, gestar intrigas, pactar matrimonios o acordar rebeliones. Ahí sigue viva la Ruta de la Seda. Uno se imagina que en las alforjas de los aventureros de antaño, los trasiegos de mercancías entre oriente y occidente movían también de un lado para otro informaciones de todo tipo y se encontraban aquí hazañas gloriosas de grandes guerreros, leyendas épicas y culturas lejanas de gentes y pueblos distantes. Todo confluía en mercados como éste donde se cruzaban las culturas. Aquí mismo se intercambiaban temores y aventuras fantásticas en lenguas diferentes, mientras se consolidaban las transacciones y se ajustaban los precios. El sitio vale la pena y aunque no deja de ser un mercado, después de darle una vuelta es fácil en medio del tumulto sentir un escalofrío.

miércoles, 20 de agosto de 2014

La carretera más larga del mundo

Con esa denominación ensoñadora y mágica de la Ruta de la Seda se hace referencia a una complicada red de comunicación entre Oriente y Occidente de trazado sólido y duradero, aunque desdibujada de los proyectos viajeros durante siglos por falta de entendimiento entre los países que atraviesa y por conflictos regionales de diverso tipo.

Como se deduce de su mismo nombre y de los múltiples testimonios que han ido quedando a lo largo de la historia, en su origen, las vías abiertas en este entramado de caminos legendarios responden a intereses comerciales de intercambio de productos (la seda es uno de los más significativos que transportaban las caravanas) entre países muy distantes y exóticos. Las enormes distancias que había que superar y las dificultades propias de los desplazamientos en la época obligaban a enfrentarse a la aventura por etapas, lo que favoreció el nacimiento de núcleos importantes de población en torno a esos puntos estratégicos en los que debían detenerse las caravanas.

Se considera que el momento álgido de la ruta tuvo lugar alrededor del siglo III d.C, cuando la telaraña de caminos entre Oriente y Occidente alcanzó su máximo desarrollo, convirtiéndose en el mayor conjunto de vías comerciales de la Tierra, una vía de comunicación que cubría una distancia de 12.800 km., desde Cádiz, en el Océano Atlántico, hasta Shanghai, al otro lado del Pacífico. Sin duda, podríamos denominarla la carretera más larga del planeta.

Aunque pueda parecer exagerado, lo cierto es que las rutas de la seda jugaron un papel fundamental en la historia de la humanidad. Gracias a ellas alimentos, herramientas, tejidos y perfumes desconocidos se fueron descubriendo en puntos extremos del planeta. Pero no hay que olvidar que la fabricación de papel o la imprenta llegaron a través de estas vías de comunicación y también a través de ellas el budismo y el islam se expandieron por el mundo. Las rutas de la seda sirvieron para generar un impresionante intercambio de ideas, costumbres y creencias entre pueblos diferentes y alejados, que favorecieron sus desarrollos respectivos y contribuyeron notablemente al enriquecimiento de la vida y la cultura de manera recíproca.

Hoy se vuelven a retomar los caminos de la Ruta de la Seda por motivos bien diferentes que pueden ser culturales, por hacer un viaje al pasado, recrear la vida de nuestros antepasados, husmear en las raíces del hombre hace miles de años o explorar otros rincones del planeta. Todas son válidas.